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El griego αὐτός y el hebreo את (’et) son lexemas engañosamente modestos que, tras un examen más detenido, revelan una metafísica subyacente de la mismidad. Ambos términos cumplen funciones gramaticales críticas en sus respectivos idiomas, pero su rango semántico y frecuencia sugieren un registro ontológico y fenomenológico más profundo. En lo que sigue, argumentamos que ambos términos, aunque distintos en función y forma, participan en una arquitectura conceptual compartida: la afirmación de la identidad intrínseca y la articulación del sí mismo como sujeto y objeto del ser.

I. αὐτός griego: El reflejo y la revelación del sí mismo

En el griego clásico y postclásico, αὐτός funciona no solo como un pronombre de tercera persona, sino como un intensificador que aísla el yo verdadero o esencial de un sujeto determinado. En Homero, αὐτός a menudo distingue el cuerpo del alma o resalta a la persona misma en oposición a sus atributos o posesiones (Il. 1.4; Od. 11.602). Con el artículo definido, τὸ αὐτό, pasa de ser un pronombre a una expresión metafísica sustantiva: «lo mismo» o «aquello que es idéntico en sí mismo».

En el discurso platónico, este cambio es crucial. Considere los siguientes ejemplos paradigmáticos:

  • αὐτὸ τὸ ἀγαθόν“el Bien en sí mismo”

  • αὐτὸ τὸ καλόν“lo Bello en sí mismo”

  • αὐτὸ τὸ ὄν“el Ser en sí mismo”

Aquí, la forma neutra αὐτό funciona no como un sustituto de un referente, sino como el ancla epistémica y ontológica de la Forma (εἶδος), representando una esencia trascendente pero inteligible. Tal uso implica que nombrar al sí mismo es invocar la identidad en su modo más puro, incontaminada por la contingencia o la relación.

Este uso metafísico es paralelo a la extensión semántica concreta en compuestos tales como:

  • αὐτόπτης (autos + optēs): “el que ve por sí mismo” o “testigo ocular”

  • αὐτοψία: “ver por uno mismo”, de ahí autopsia o percepción de primera mano

  • αὐτοκίνητος: “que se mueve por sí mismo”

  • αὐτόνομος: “que se gobierna a sí mismo”

Cada compuesto ilustra un movimiento de la interioridad a la agencia: el sí mismo como observador, motor, gobernante. En este sentido, αὐτός no es meramente reflexivo sino fenomenológico: marca al sí mismo no solo como un objeto de referencia, sino como el fundamento de la apariencia y la voluntad.

La frecuente aparición de αὐτός en el Nuevo Testamento —superando incluso a θεός («Dios») en el recuento léxico por miles— aporta aún más a su peso teológico y antropológico. Su presencia respalda una antropología textual en la que el yo individual, en lugar de una identidad colectiva difusa (por ejemplo, un subordinado a un partido político, una compañía de personas unidas, una tribu, cultura, nación, grupo de afinidad, etc.), es el lugar de la respuesta, la transformación y el destino:

“Y ustedes mismos son una raza elegida, un sacerdocio real, una cultura/etnia santa, un pueblo…”

(1 Pedro 2:9 RBT)

“Honren a todos, amen con amor-ágape a la Hermandad…”

(1 Pedro 2:17 RBT)

II. Pronombre hebreo את (’et): La marca de la presencia dirigida

Lea El signo eterno del sí mismo. En la gramática hebrea, את tradicionalmente se descarta como un marcador de objeto directo, señalando sintácticamente al receptor de la acción de un verbo. Sin embargo, su etimología —«aparentemente contraída de ’owth» (Strong H853)— ofrece una perspectiva diferente. La raíz ’owth connota el sí mismo y la mismidad:

“Aparentemente contraído de ‘owth en el sentido demostrativo de entidad; propiamente, el sí mismo

(cf. Strong’s Exhaustive Concordance, énfasis añadido)

“pr. un pronombre demostrativo, el sí mismo… Este poder demostrativo primario y fuerte que generalmente puede expresarse por el gr. αὐτός…”

(cf. Gesenius את, énfasis añadido)

Por lo tanto, incluso cuando se deja en silencio en la traducción, את funciona como mínimo como un intensificador demostrativo: no solo indica “qué” recibe la acción, sino quién —aquello que se encuentra en plena presencia (eterna) ante el agente. En este sentido, את se asemeja al papel fenomenológico de αὐτός: no es un objeto pasivo, sino un yo revelado, encontrado en una relación dirigida.

Además, su vasta frecuencia en el Tanaj —¡superando los 11,000 usos!— sugiere poderosamente que את no es un adorno sintáctico sino un marcador semántico de presencia esencial. En la estructura narrativa del hebreo, el objeto de la acción no está gramaticalmente aislado, sino revelado ontológicamente: una presencia que exige reconocimiento y posee identidad.

III. La mismidad en el lenguaje: Una metafísica compartida

La consonancia semántica entre αὐτός y את reside en su función ontológica: cada palabra, en su propio sistema lingüístico, sirve para indexar la presencia de un sí mismo —no meramente un agente u objeto gramatical, sino una entidad capaz de aparecer, actuar o ser objeto de una acción como tal.

En la tradición griega, este yo puede ser el que ve por sí mismo (αὐτό-πτης) o el que se mueve por sí mismo (αὐτο-κίνητος) —un sujeto constituido a través de la conciencia interior y la acción exterior. Puede ser autodeterminado (αὐτο-προαίρετος) o autocontenido (αὐτο-προαίρετος) o escrito por uno mismo (αὐτό-γρᾰφος, autógrafo). En el hebreo, el את es aquel a quien se dirige la acción —la identidad revelada que se encuentra en un compromiso de pacto o de voluntad.

Lo que surge es una intuición antigua compartida: existir es ser conocido como un sí mismo, ser marcado ya sea a través de la designación reflexiva (αὐτός) o a través del encuentro demostrativo (את). Ambos funcionan como vehículos sintácticos de conocimiento metafísico, señalando una antropología más profunda en la que el sí mismo es tanto el fundamento de la agencia como el objetivo del reconocimiento.

Aunque surgen en mundos lingüísticos y culturales distintos, el αὐτός griego y el את hebreo convergen en un eje filosófico singular: la irreductibilidad del sí mismo. Ya sea a través de la claridad reflexiva de αὐτόπτης, la profundidad metafísica de τὸ αὐτό, o la intensidad demostrativa de את, estos términos ofrecen una gramática de la presencia —un lenguaje de la mismidad articulado en la gramática, realizado en el pensamiento e instanciado en el sujeto vivo. ¡Que el lector entienda!